¿La próxima generación será sorda?
Alejados del mundo, metidos dentro de su propia música a niveles que los vuelven literalmente inabordables, muchos jóvenes que escuchan hoy reproductores de música quizá ignoren que están contribuyendo a formar una nueva generación de sordos.
Los niños futuros del siglo XXI es muy posible que no escuchen a sus padres. Y no será malcriadez, sino un problema concreto y sencillo: su oído estará imposibilitado para hacerlo. A diez años del surgimiento de los reproductores de música MP3, que se han extendido con asombrosa rapidez, la sordera amenaza a muchos.
No se trata de echar a la basura los aparatos o rechazar los beneficios que implican. Basta, simplemente, con usarlos racionalmente, a volúmenes no dañinos, tratando de cuidar nuestros tímpanos de la batahola del mundo contemporáneo, inmerso en una verdadera guerra de decibeles.
EL CAMINO DEL RUIDO
Fue en la Feria Internacional de Tecnología CeBIT, de Hannover, Alemania, en 1998, cuando primero se presentó al público el MPMan F10, primer dispositivo capaz de reproducir música comprimida en formato MP3.
Fabricado por la firma Saehan Information Systems, el equipo disponía de una unidad flash con 32 megabytes de capacidad de almacenamiento, o sea, unas siete canciones; y tenía una pequeña pantalla donde se podía ver el nombre del archivo que se estaba reproduciendo.
Este primer equipo, de vida efímera, pronto fue sustituido por el Diamond Multimedia Ri PMP300, el verdadero invasor del mercado, que pateó hacia el olvido a las hasta entonces omnipotentes «discman», reproductoras de discos compactos, las que a su vez poco antes habían desplazado a las «walkman», que funcionaban con casetes de cinta.
Los MP3 pronto se convirtieron en favoritos, en primer lugar por el aumento vertiginoso de su capacidad de almacenamiento, por la cada vez más larga duración de sus baterías, y a su vez por concentrar en sí varias funciones, ya que permiten almacenar música o cualquier otro tipo de información digital, grabar voz y reproducirla, oír emisoras radiales, e incluso los hay que descargan vía inalámbrica canciones de Internet.
En el marcado hay una amplia variedad de modelos y de equipos de diversa capacidad, provenientes de innumerables comerciantes, lo que hace que su adquisición sea cada vez más factible y accesible, por la caída drástica de los precios.
Claro está, no todo ha sido color de rosa en los diez años de los MP3. Para lograr el éxito actual primero tuvieron que pasar por un largo proceso de invención tecnológica, que incluyó la aparición de las memorias flash, así como la creación del formato de compresión MP3.
Este forma de compactar el audio digital fue desarrollada por el Moving Picture Experts Group (MPEG) para formar parte del formato de video MPEG, y debe su nombre el acrónimo de MPEG-1 Audio Layer 3.
Su inventor principal, Karlheinz Brandenburg, director de tecnologías de medios electrónicos del Instituto Fraunhofer IIS, perteneciente a la red de centros de investigación alemanes, registró las primeras patentes en 1986 y posteriormente en 1991.
Pronto el formato MP3 se popularizó en los archivos de audio que se compartían por Internet, gracias a la posibilidad de ajustar la calidad de la compresión y por tanto el tamaño final del archivo, que podía llegar a ocupar 12 e incluso 15 veces menos que el archivo original sin comprimir.
A su vez fue creciendo la capacidad de almacenamiento, que tuvo su pico en el año 2000, cuando la empresa Creative consiguió superar la barrera del gigabyte, o sea los cien megabytes, al poner en el mercado el Nomad Jukebox, que tenía una unidad interna de 6 GB, suficiente para 150 CD.
Lo curioso es que el hijo eclipsó al padre, pues en 2008 se cumplen diez años de llegar al mercado los reproductores MP3, pero casi nadie se acuerda de que también se celebran los quince del formato de compresión de audio que les dio vida.
DECIBELES CONTRA TÍMPANOS
A muchos no les importa que la compactación de los MP3 haga perder fidelidad al audio almacenado. De hecho, quizás eso explica en parte el alto volumen al que son escuchados los reproductores, aunque la otra razón es la movilidad de su uso, que los convierten en favoritos para desplazarse con ellos.
Así, es casi inevitable que para escuchar los MP3 se tenga que subir el volumen hasta el máximo, tratando de ahogar el mundanal caos que nos rodea, si queremos abstraernos en la música. Esta última, incluso, también tiene su cuota de responsabilidad, ya que muchos ritmos modernos llevan una alta carga de decibeles.
Los reproductores MP3 son capaces de generar señales de audio cuya intensidad en el interior del conducto auditivo puede superar los 120 decibeles de presión acústica, que según señala el periodista Armando Coro en un artículo publicado recientemente, son más que suficiente para causar una destrucción irreversible de las células ciliadas, parte esencial del «micrófono» del oído.
Entre los síntomas detectados por su excesivo uso pueden estar dolores de cabeza, mareos y pérdida auditiva, que es detectada con un audiograma, donde se nota la llamada «muesca de Carhart», una pérdida de audición en el rango de frecuencias de entre 3 000 a 4 000 ciclos por segundo, la cual dificulta muchísimo la comprensión del lenguaje.
Varios estudios científicos han demostrado que nuestra capacidad auditiva, cuando soporta sonidos por encima de los 80 decibeles, comienza a confrontar problemas, y que esto repercute además en el estado de ánimo de la persona, provocando irritabilidad, agresividad, fuertes dolores de cabeza, insomnio y trastornos nerviosos.
De hecho, este alto nivel de decibeles, la contaminación sonora cada vez más frecuente, junto a enfermedades propias del oído y el excesivo uso de aparatos electrónicos de música, son los ingredientes de un coctel mortal para generar sordos o disminuir la capacidad auditiva, que por demás se hereda de padres a hijos.
LA REGLA DEL 60X60
Un estudio realizado por Deafness Research UK, organización especializada en la sordera en el Reino Unido, reveló que más de la mitad (el 53,5 por ciento) de los jóvenes británicos de entre 16 y 24 años usan su reproductor MP3 más de una hora al día. Y el 20 por ciento lo utilizan más de tres horas diarias.
Esta situación en un país donde la sordera afecta a una de cada siete personas, es altamente preocupante, pero no exclusiva de los británicos, ya que varias investigaciones en diversos países han confirmado esta tendencia a una generación de personas hipoacúsicas o sordas.
Así, por ejemplo, María Teresa Román, vocal nacional de Óptica y Acústica del Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos de España, destacaba recientemente ante la prensa que personas de 30 años que escuchan su MP3 a un volumen excesivo (entre 85 y 130 decibelios) ya presentan niveles de sordera propios de la población de 55-60 años.
Incluso la Organización Mundial de la Salud ha tomado cartas en el asunto de la contaminación sonora, recomendando bajar el volumen de los reproductores de música, que no debe rebasar los 85 decibelios (el equivalente al del tráfico rodado) durante una hora diaria.
De hecho, los médicos afirman que también los altavoces de discotecas y centros nocturnos deben cumplir esta norma, aunque la medida más eficiente es la norma del 60×60, o sea, oír el MP3 a no más del 60 por ciento de su volumen, y no más de 60 minutos al día.
CAOS CRIOLLO
Según datos de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (ANSOC), en el país existe un estimado de 20 000 personas que padecen sordera, aunque el número parece ir cada vez más en incremento.
Aunque no hemos tenido acceso a estadísticas sobre cuántas padecen de pérdida auditiva, en parte porque muchas de ellas no son diagnosticadas, basta con caminar las calles cubanas inmersas en un ruido infernal, para apreciar que es muy posible que los cubanos del siglo XXI escuchemos muy poco.
Disposiciones como la Ley 81 del Medio Ambiente, y el Decreto Ley No. 200, aprobado en diciembre de 1999, que sancionan a quienes emiten excesivo ruido, son hoy incumplidos o francamente ignorados hasta por las mismas autoridades del orden interior, que pueden detener a un vehículo por exceso de velocidad, pero pocas veces lo hacen si leva «exceso» de ruido.
Así, de no parar la guerra de los decibeles establecida por nosotros mismos, quizá haya que modificar la frase de Mahatma Ghandi, y en vez de «ojo por ojo y el mundo quedará ciego», en el futuro diremos «decibel contra decibel, y nuestros hijos ya serán sordos».